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martes, 29 de mayo de 2012

Vivimos del cuento, se puede decir.

Cuando era pequeña me solían leer cuentos de princesas, y, cuando fui creciendo, los fui leyendo yo sola. Con el paso del tiempo quería que mi vida fuese igual que la de todos los cuentos de princesas que leía, con su príncipe azul y su beso de amor verdadero. Pero te das cuenta de que todo a cambiado, que ya nada es igual, que la Cenicienta ahora lleva vaqueros. Sí, que quedaron atrás los zapatitos de cristal y los vestidos pomposos, que ahora se llevan las plataformas y los tacones a la alturas de los rascacielos y, los vestidos con el escote bien pronunciado y contra más cortos, mejor; Que a las 12 de la noche no se acaba la fiesta, sino que empieza y no se finaliza hasta el amanecer; Que ya no vamos a bailes en carrozas, sino a botellones en motos; Que ya no hacemos una cena con el mejor de los vinos, sino que nos vamos a la playa con un puñado de botellas de alcohol; Que no organizamos bailes perfectos en casas lujosas, sino que improvisamos un baile en mitad de una discoteca; Que el amor de tu vida no te lo quita una malvada madrastra, sino una cualquiera de la calle. Te das cuenta de que cambia todo pero que sigue habiendo amor, que seguimos creyendo en el príncipe azul, en ese amor verdadero. Que seguimos sufriendo por amor, pero que nos damos cuenta de que el primer amor no tiene porque ser el último y de que un beso no nos va a salvar la vida. Quizá es porque hemos modernizado en la vida, pero no en los sentimientos.




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